La mano de T-Bone Burnett se nota y de qué manera en la reaparición de Gregg Allman. Especialista en producciones con sabor añejo, siempre impecables aunque quizás no tan primorosas como las de Joe Henry, ha aplicado aquí su inconfundible sonido retro con ecos de rockabilly, con un llamativo uso del contrabajo en primer plano. Salvo un intrascendente tema propio, el álbum es un repaso de viejos clásicos del blues, un concepto similar al usado con B.B. King en One Kind Favor, de los pocos aciertos del legendario bluesman en los últimos tiempos. Allí brillaban también las teclas de Dr. John y la singular batería de Jay Bellerrose, mientras que aquí la guitarra se confía al más que correcto Doyle Bramhall II, acompañante habitual de Eric Clapton.
El rock sureño de los hermanos Allman bebió desde siempre de las fuentes del blues, por lo que un disco así parecía obligado y Gregg aborda este repertorio con convicción y sobrado talento. Burnett posee una especial habilidad para sacar petróleo de piezas de la época de la Gran Depresión: Floating Bridge de Sleepy John Estes y sobre todo un hipnótico Devil Got My Woman de Skip James, con un precioso arranque acústico, son un ejemplo perfecto. Pero el disco toca todos los palos, y así una sección de vientos adorna el r&b de Amos Milburn en Tears Tears Tears y el soul primigenio de Bobby Bland en Blind Man. En definitiva, un espléndido disco de versiones que si firmara Kim Wilson o Jimmie Vaughan apenas tendría repercusión fuera de los círculos especializados, pero que gracias al regreso de una vieja gloria del rock vuelve a poner de actualidad un género, el blues, que sobrevive con escasos alicientes.
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